Design Credits:
ᵅᵈᵈᶦᶜᵗᶤᵒᶰ중독 Segments: Part One, Part Two, Part Three
╚►This month~♪
╚►αвσʋt mɛ
╚►My favorite web pages~
╚►Something to say? :)
╚►Design Credits♥.
Nowhere in ourdreams..
The day before.
How about love?
《Nell–그리고, 남겨진 것들♬》
사실은 그래. 흩어지는데 붙잡아 뭐해
마음만 더 아프게
근데 이렇게 살아지는 게 어떤 의미가 있는 건가 싶긴해
가끔씩은 같은 기억 속에 서있는지
너의 시간 역시 때론 멈춰버리는지
랑은 어때. 다시 할 만해
사실 난 그래. 그저 두렵기만 해
This is all that I can say.
SYLLABLES ~2MIN~.
lunes, 22 de octubre de 2012 / 21:22
Hello~ Well, this time i decided to post sooner. Why? Because the thrills i tried to describe bellow, seems to much as I'm feeling today and it's perfect(?) in many ways. I would love to write an 'End' for this, but I cannot. I think i'm not able yet. Just think on this as a crazy whim of a crazy writer. Thanks for reading. Pd. As usual, think as TaeMin as a girl or... wtv.
__________________________
SYLLABLES.
Una vez más tomó la
arrugada carta que yacía a su lado sobre la banca en la que se encontraba
sentado y la escudriñó con lástima, antes de apretarla con sus manos y romperla
de una vez por todas. Entre lágrimas alcanzó a distinguir varios de esos trazos
exquisitamente escritos por la conocida mano de Choi Minho caer sobre la hierba
a sus pies y sonrió. Se sorprendió ante lo estúpido que podía llegar a ser por
seguirle admirando a pesar de todo. Tal vez Lee Taemin era masoquista o
simplemente, un chico enamorado.
Fijó su vista sobre el
lago en frente de él, sin realmente verlo. Ya era de noche y aunque las negras
aguas estaban iluminadas tenuemente por un rayo tímido de la luz reflejada por
la luna, haciéndolas parecer oscuras, profundas y algo tenebrosas, Taemin
seguía allí inconsciente y ajeno a todo. Porque aun en su cabeza no cabía la
idea de que un trocito de papel fuese capaz de destrozar su corazón de aquella
forma y mucho menos de cómo alguien podía ser tan cobarde como para no decirle
las cosas de frente. O por teléfono. O por el chat.
Si, sonaba absurdo,
pero en lo más profundo, sabía que todo sería un poquito más soportable de
llevar si no Minho no hubiese desaparecido así no más y lo único que le
indicaba que seguía vivo era una hojita azul tamaño carta, algo arrugada y con
elefantitos parados sobre pequeños honguitos en la orilla-que estaba seguro le
había robado a algún infante que se había cruzado por su camino- y que le había
llegado luego de tres duras semanas de desesperación y le decía que todo
acababa.
¿Qué acababa? ¿Y
cuándo había empezado?
Esa carta solo era un
montón de basura.
Miró con despreció los
cientos de trocitos desperdigados por el suelo, que comenzaban a alejarse uno a
uno bajo la influencia del viento gélido que azotaba los árboles circundantes.
Los miró con ira y desilusión, antes de levantarse de su asiento y comenzar a
recolectarlos uno por uno, y pensar la
manera más ingeniosa en la que podría unirlos todos así se gastase una tarde
entera.
No, Lee Taemin en
verdad era un estúpido.
Una vez los hubo
recogido todos, los puso delicadamente dentro del bolsillo de su chaqueta
deportiva y se dejó caer de nuevo sobre la silla. Su estómago rugió gracias al
hambre, pero lo ignoró casi olímpicamente y suspiró, mientras limpiaba el
último rastro de lágrimas de su rostro.
-Choi Minho, eres un
imbécil-soltó al aire, esperando con suerte, que esas palabras le llegasen y
le taladraran al menos la conciencia.
Cerró los ojos y empujó su cabeza hacia atrás, intentado con todas sus fuerzas
olvidar por un segundo todo el remolino de emociones en su pecho, pero
involuntariamente, su mente revivió la última sonrisa que recibió del moreno.
No se le hizo extraño el hecho de no poder derramar más lágrimas y se contentó
con sollozar dolorosamente. Ahora que lo pensaba, eso era lo único que le
quedaba de Minho porque no recordaba nada más.
No alcanzaba a
recordar la primera vez que le había visto, caminando hacia él, tan guapo, con
chamarra de cuero y con las manos metidas entre el jean entubado, dirigiéndole
una sonrisa amable y perturbadora, mientras que esos hermosos ojos oscuros y
saltones, increíblemente sensuales, parecían devorar todo lo de su alrededor.
No recordaba que miles de mariposas le habían revoloteado en el estómago, hasta
el punto de jurar que tenía un montón de parásitos y casi le habían hecho ir al
médico. No recordaba la primera vez que le había abrazado, ni como sintió sus
piernas convertirse en gelatina y una descarga eléctrica cruzar su columna
vertebral, alterándolo de tal manera que estuvo varios días soñando con
hombrecitos de jengibre que le chuzaban el trasero con sus bastoncitos de dulce
y le gritaban en su cara que estaba loco por enamorarse de ese chico, mientras
un Minho reía divertido desde un rincón
disfrazado de rana. No podía recordar como su corazón pareció rebotar
una y otra vez contra su pecho la primera vez que se atrevió a tomar sus labios
gruesos y dulces sin permiso, mientras Minho dormía en su habitación, una vez
que le había invitado a su casa, con la excusa de que le explicase un tema de
química. Ni mucho menos la primera vez que había hecho el amor o más bien,
había tenido sexo salvaje, dentro de uno de los cubículos del baño de la
universidad en un receso no programado de la aburrida clase de cálculo en
varias variables y había escuchado por primera vez, lo celestial del tono grave
de su voz mientras gemía y le llamaba por su nombre, mientras se enterraba en
él. No podía recordar nada, porque todo era un revoltijo de imágenes y momentos
que ahora le provocaban arcadas en medio de su dolor. Porque ahora estaba
seguro que Minho nunca había experimentado algo semejante a lo que había
sentido Taemin gracias a él. Y esa sonrisa no era nada más que una burla a su
ingenuidad.
Todo había sido una hermosa mentira. La más bella de ellas.
La mentira que le
había dado una razón para levantarse, comer, sonreír y no querer dormir para
alcanzar a apreciar lo suficiente los rasgos de Minho durante el tiempo que
pasaban juntos y deleitarse ante cada una de las palabras que salían de su
divina boca. Minho se había convertido en su todo inconscientemente.
Estiró una mano y se
apartó un mechón de cabellos castaños que había caído rebeldemente sobre sus
ojos y miró indiferente sus manos heladas que no paraban de temblar con la baja
temperatura de aquella noche. ¿Ahora qué?
¿Qué sería de él sin
Minho?
Claro, Taemin
decidiría levantarse de aquel banquillo con el poco de dignidad que le quedaba.
Caminaría con seguridad y sonreiría porque Minho no había sido más que otro de
esos idiotas con los que te tienes que cruzar en la vida. Regresaría a casa y
borraría cualquier rastro. Conseguiría un nuevo empleo y continuaría con su
carrera. Descubriría el amor en algún otro chico o chica y disfrutaría de
interesantes conversaciones y placenteras noches de sexo. Tendría dos pequeños
hijos y sería el mejor padre. En todo caso, sería feliz.
No. Ni una sola de estas
ideas pasó por su cabeza. Solo podía sentir que su corazón caería
irremediablemente en cualquier momento sobre el césped y rodaría hasta alcanzar
la orilla del lago y se hundiría allí y a nadie le importaría. Esa verdad le
estaba carcomiendo lentamente sin piedad como una especie de enfermedad
terminal que había aparecido de la nada y aunque intentaba hacerse creer que
podría superarlo, sabía que esto era peor que morir y que incluso eso no sería
suficiente. Estaba solo, completamente solo.
Apoyo ambos codos
sobre sus rodillas y dejó que su cabeza cayera entre sus palmas. Ahora parecía
incapaz de respirar para sollozar nuevamente y una sensación dolorosa de
ahogamiento se instaló a lo largo de su garganta, quemándole con rabia. Puto
Minho.
Cerró los ojos con
fuerza mientras intentaba tragar saliva. No funcionó pero tampoco se alarmó.
Siempre que se sentía
frustrado o simplemente triste, acostumbraba a ir a la orilla de aquel lago y
dejaba que las penas de su corazón escaparan de su cuerpo por medio de las
lágrimas. No es que fuese un llorón o alguien demasiado sensible, simplemente
prefería evitar cargar con demasiado peso en su alma y alguna vez había oído
que llorar era la forma más efectiva de liberarse. Y así lo creía. Lloraba
hasta que parecía que sus ojos rojos saldrían de sus cuencas y hasta que sus
sollozos le ahogaran. Y siempre sin falta, él lograba aparecer en el momento
preciso, con un pañuelo en su mano y una mirada cálida.
Minho siempre le
obligaba a apoyar su cabeza en el hueco de su hombro y le acariciaba el rostro suavemente
con dulzura. Aquellas veces, Minho no había pronunciado una sola palabra y se
tomaba todo el tiempo del mundo para besarlo como nunca antes, con tanto cariño
y esmero, con tanta timidez y amor, en un intento casi fallido de devolverle el
aire que le faltaba. Recordaba cada movimiento de su lengua alrededor de sus
labios salados y húmedos por las lágrimas, lento y agradable, como si al ser capaz
de desaparecer hasta el último resquicio de sal de su piel pudiera borrar todo
su dolor. Recordaba incluso el compás de su respiración, el largo de sus
pestañas cuando cerraba sus ojos, sus manos torpemente enredadas entre su
cabello y cuello y sus latidos arrítmicos. Cada beso era mágico. Tanto así, que
incluso creo con sus penas una excusa con la cual poder disfrutar de aquel
momento íntimo. Era extrañamente masoquista pero no le importó. Era suyo, solo
suyo. Y es por eso que a pesar de que terminaba aún más ahogado que antes,
sonreía. Creyó en el fondo que eso nunca cambiaría y un atisbo de esperanza le
iluminó de repente.
Minho vendría.
Y le besaría así y él
volvería a ahogarse de felicidad. Y olvidarían aquella carta, aquel corazón
vacío y aquella alma rota. No recordarían las mentiras ni ninguna de aquellas
lágrimas y mucho menos el dolor. Minho le susurraría que le necesitaba, que le
quería y que no era necesario que llorase una vez más para recibir algo de su
amor. Lo harían una vez más bajo la luna, a la sombra del árbol viejo que
reposaba cansado detrás de la banca y luego, huirían tomados de la mano en
busca de un café.
Name: Melissa.
D.O.B: February 28th ♥.
Birthplace: Bogotá, Colombia.
Height: 1.60 mts /yes, too short/~,
Weight: 50 kg /yeees ♥/
Blood type: Is this necessary? ᄏᄏᄏ.
Favorite Color: Not sure. All colours are just precious, don't you think?
Music: As you can listen... yes. KPop xD, KBallads -lol-, KRock, KIndie(?), R&B. Will be adding new genders while i update, enjoy my favorite ones <3.
Favorite Food/Drink: Definitely... ICE CREAM C3>
Hobbies: Watching K-dramas? ᄏᄏᄏ.
Good at: Drawing, traveling(?) & singing -that's what my mom says-. In any case, good at LIVING ♥.
SYLLABLES ~2MIN~.
lunes, 22 de octubre de 2012 / 21:22
Hello~ Well, this time i decided to post sooner. Why? Because the thrills i tried to describe bellow, seems to much as I'm feeling today and it's perfect(?) in many ways. I would love to write an 'End' for this, but I cannot. I think i'm not able yet. Just think on this as a crazy whim of a crazy writer. Thanks for reading. Pd. As usual, think as TaeMin as a girl or... wtv.
__________________________
SYLLABLES.
Una vez más tomó la
arrugada carta que yacía a su lado sobre la banca en la que se encontraba
sentado y la escudriñó con lástima, antes de apretarla con sus manos y romperla
de una vez por todas. Entre lágrimas alcanzó a distinguir varios de esos trazos
exquisitamente escritos por la conocida mano de Choi Minho caer sobre la hierba
a sus pies y sonrió. Se sorprendió ante lo estúpido que podía llegar a ser por
seguirle admirando a pesar de todo. Tal vez Lee Taemin era masoquista o
simplemente, un chico enamorado.
Fijó su vista sobre el
lago en frente de él, sin realmente verlo. Ya era de noche y aunque las negras
aguas estaban iluminadas tenuemente por un rayo tímido de la luz reflejada por
la luna, haciéndolas parecer oscuras, profundas y algo tenebrosas, Taemin
seguía allí inconsciente y ajeno a todo. Porque aun en su cabeza no cabía la
idea de que un trocito de papel fuese capaz de destrozar su corazón de aquella
forma y mucho menos de cómo alguien podía ser tan cobarde como para no decirle
las cosas de frente. O por teléfono. O por el chat.
Si, sonaba absurdo,
pero en lo más profundo, sabía que todo sería un poquito más soportable de
llevar si no Minho no hubiese desaparecido así no más y lo único que le
indicaba que seguía vivo era una hojita azul tamaño carta, algo arrugada y con
elefantitos parados sobre pequeños honguitos en la orilla-que estaba seguro le
había robado a algún infante que se había cruzado por su camino- y que le había
llegado luego de tres duras semanas de desesperación y le decía que todo
acababa.
¿Qué acababa? ¿Y
cuándo había empezado?
Esa carta solo era un
montón de basura.
Miró con despreció los
cientos de trocitos desperdigados por el suelo, que comenzaban a alejarse uno a
uno bajo la influencia del viento gélido que azotaba los árboles circundantes.
Los miró con ira y desilusión, antes de levantarse de su asiento y comenzar a
recolectarlos uno por uno, y pensar la
manera más ingeniosa en la que podría unirlos todos así se gastase una tarde
entera.
No, Lee Taemin en
verdad era un estúpido.
Una vez los hubo
recogido todos, los puso delicadamente dentro del bolsillo de su chaqueta
deportiva y se dejó caer de nuevo sobre la silla. Su estómago rugió gracias al
hambre, pero lo ignoró casi olímpicamente y suspiró, mientras limpiaba el
último rastro de lágrimas de su rostro.
-Choi Minho, eres un
imbécil-soltó al aire, esperando con suerte, que esas palabras le llegasen y
le taladraran al menos la conciencia.
Cerró los ojos y empujó su cabeza hacia atrás, intentado con todas sus fuerzas
olvidar por un segundo todo el remolino de emociones en su pecho, pero
involuntariamente, su mente revivió la última sonrisa que recibió del moreno.
No se le hizo extraño el hecho de no poder derramar más lágrimas y se contentó
con sollozar dolorosamente. Ahora que lo pensaba, eso era lo único que le
quedaba de Minho porque no recordaba nada más.
No alcanzaba a
recordar la primera vez que le había visto, caminando hacia él, tan guapo, con
chamarra de cuero y con las manos metidas entre el jean entubado, dirigiéndole
una sonrisa amable y perturbadora, mientras que esos hermosos ojos oscuros y
saltones, increíblemente sensuales, parecían devorar todo lo de su alrededor.
No recordaba que miles de mariposas le habían revoloteado en el estómago, hasta
el punto de jurar que tenía un montón de parásitos y casi le habían hecho ir al
médico. No recordaba la primera vez que le había abrazado, ni como sintió sus
piernas convertirse en gelatina y una descarga eléctrica cruzar su columna
vertebral, alterándolo de tal manera que estuvo varios días soñando con
hombrecitos de jengibre que le chuzaban el trasero con sus bastoncitos de dulce
y le gritaban en su cara que estaba loco por enamorarse de ese chico, mientras
un Minho reía divertido desde un rincón
disfrazado de rana. No podía recordar como su corazón pareció rebotar
una y otra vez contra su pecho la primera vez que se atrevió a tomar sus labios
gruesos y dulces sin permiso, mientras Minho dormía en su habitación, una vez
que le había invitado a su casa, con la excusa de que le explicase un tema de
química. Ni mucho menos la primera vez que había hecho el amor o más bien,
había tenido sexo salvaje, dentro de uno de los cubículos del baño de la
universidad en un receso no programado de la aburrida clase de cálculo en
varias variables y había escuchado por primera vez, lo celestial del tono grave
de su voz mientras gemía y le llamaba por su nombre, mientras se enterraba en
él. No podía recordar nada, porque todo era un revoltijo de imágenes y momentos
que ahora le provocaban arcadas en medio de su dolor. Porque ahora estaba
seguro que Minho nunca había experimentado algo semejante a lo que había
sentido Taemin gracias a él. Y esa sonrisa no era nada más que una burla a su
ingenuidad.
Todo había sido una hermosa mentira. La más bella de ellas.
La mentira que le
había dado una razón para levantarse, comer, sonreír y no querer dormir para
alcanzar a apreciar lo suficiente los rasgos de Minho durante el tiempo que
pasaban juntos y deleitarse ante cada una de las palabras que salían de su
divina boca. Minho se había convertido en su todo inconscientemente.
Estiró una mano y se
apartó un mechón de cabellos castaños que había caído rebeldemente sobre sus
ojos y miró indiferente sus manos heladas que no paraban de temblar con la baja
temperatura de aquella noche. ¿Ahora qué?
¿Qué sería de él sin
Minho?
Claro, Taemin
decidiría levantarse de aquel banquillo con el poco de dignidad que le quedaba.
Caminaría con seguridad y sonreiría porque Minho no había sido más que otro de
esos idiotas con los que te tienes que cruzar en la vida. Regresaría a casa y
borraría cualquier rastro. Conseguiría un nuevo empleo y continuaría con su
carrera. Descubriría el amor en algún otro chico o chica y disfrutaría de
interesantes conversaciones y placenteras noches de sexo. Tendría dos pequeños
hijos y sería el mejor padre. En todo caso, sería feliz.
No. Ni una sola de estas
ideas pasó por su cabeza. Solo podía sentir que su corazón caería
irremediablemente en cualquier momento sobre el césped y rodaría hasta alcanzar
la orilla del lago y se hundiría allí y a nadie le importaría. Esa verdad le
estaba carcomiendo lentamente sin piedad como una especie de enfermedad
terminal que había aparecido de la nada y aunque intentaba hacerse creer que
podría superarlo, sabía que esto era peor que morir y que incluso eso no sería
suficiente. Estaba solo, completamente solo.
Apoyo ambos codos
sobre sus rodillas y dejó que su cabeza cayera entre sus palmas. Ahora parecía
incapaz de respirar para sollozar nuevamente y una sensación dolorosa de
ahogamiento se instaló a lo largo de su garganta, quemándole con rabia. Puto
Minho.
Cerró los ojos con
fuerza mientras intentaba tragar saliva. No funcionó pero tampoco se alarmó.
Siempre que se sentía
frustrado o simplemente triste, acostumbraba a ir a la orilla de aquel lago y
dejaba que las penas de su corazón escaparan de su cuerpo por medio de las
lágrimas. No es que fuese un llorón o alguien demasiado sensible, simplemente
prefería evitar cargar con demasiado peso en su alma y alguna vez había oído
que llorar era la forma más efectiva de liberarse. Y así lo creía. Lloraba
hasta que parecía que sus ojos rojos saldrían de sus cuencas y hasta que sus
sollozos le ahogaran. Y siempre sin falta, él lograba aparecer en el momento
preciso, con un pañuelo en su mano y una mirada cálida.
Minho siempre le
obligaba a apoyar su cabeza en el hueco de su hombro y le acariciaba el rostro suavemente
con dulzura. Aquellas veces, Minho no había pronunciado una sola palabra y se
tomaba todo el tiempo del mundo para besarlo como nunca antes, con tanto cariño
y esmero, con tanta timidez y amor, en un intento casi fallido de devolverle el
aire que le faltaba. Recordaba cada movimiento de su lengua alrededor de sus
labios salados y húmedos por las lágrimas, lento y agradable, como si al ser capaz
de desaparecer hasta el último resquicio de sal de su piel pudiera borrar todo
su dolor. Recordaba incluso el compás de su respiración, el largo de sus
pestañas cuando cerraba sus ojos, sus manos torpemente enredadas entre su
cabello y cuello y sus latidos arrítmicos. Cada beso era mágico. Tanto así, que
incluso creo con sus penas una excusa con la cual poder disfrutar de aquel
momento íntimo. Era extrañamente masoquista pero no le importó. Era suyo, solo
suyo. Y es por eso que a pesar de que terminaba aún más ahogado que antes,
sonreía. Creyó en el fondo que eso nunca cambiaría y un atisbo de esperanza le
iluminó de repente.
Minho vendría.
Y le besaría así y él
volvería a ahogarse de felicidad. Y olvidarían aquella carta, aquel corazón
vacío y aquella alma rota. No recordarían las mentiras ni ninguna de aquellas
lágrimas y mucho menos el dolor. Minho le susurraría que le necesitaba, que le
quería y que no era necesario que llorase una vez más para recibir algo de su
amor. Lo harían una vez más bajo la luna, a la sombra del árbol viejo que
reposaba cansado detrás de la banca y luego, huirían tomados de la mano en
busca de un café.
Hello~ Well, this time i decided to post sooner. Why? Because the thrills i tried to describe bellow, seems to much as I'm feeling today and it's perfect(?) in many ways. I would love to write an 'End' for this, but I cannot. I think i'm not able yet. Just think on this as a crazy whim of a crazy writer. Thanks for reading. Pd. As usual, think as TaeMin as a girl or... wtv.
__________________________
SYLLABLES.
Una vez más tomó la
arrugada carta que yacía a su lado sobre la banca en la que se encontraba
sentado y la escudriñó con lástima, antes de apretarla con sus manos y romperla
de una vez por todas. Entre lágrimas alcanzó a distinguir varios de esos trazos
exquisitamente escritos por la conocida mano de Choi Minho caer sobre la hierba
a sus pies y sonrió. Se sorprendió ante lo estúpido que podía llegar a ser por
seguirle admirando a pesar de todo. Tal vez Lee Taemin era masoquista o
simplemente, un chico enamorado.
Fijó su vista sobre el
lago en frente de él, sin realmente verlo. Ya era de noche y aunque las negras
aguas estaban iluminadas tenuemente por un rayo tímido de la luz reflejada por
la luna, haciéndolas parecer oscuras, profundas y algo tenebrosas, Taemin
seguía allí inconsciente y ajeno a todo. Porque aun en su cabeza no cabía la
idea de que un trocito de papel fuese capaz de destrozar su corazón de aquella
forma y mucho menos de cómo alguien podía ser tan cobarde como para no decirle
las cosas de frente. O por teléfono. O por el chat.
Si, sonaba absurdo,
pero en lo más profundo, sabía que todo sería un poquito más soportable de
llevar si no Minho no hubiese desaparecido así no más y lo único que le
indicaba que seguía vivo era una hojita azul tamaño carta, algo arrugada y con
elefantitos parados sobre pequeños honguitos en la orilla-que estaba seguro le
había robado a algún infante que se había cruzado por su camino- y que le había
llegado luego de tres duras semanas de desesperación y le decía que todo
acababa.
¿Qué acababa? ¿Y
cuándo había empezado?
Esa carta solo era un
montón de basura.
Miró con despreció los
cientos de trocitos desperdigados por el suelo, que comenzaban a alejarse uno a
uno bajo la influencia del viento gélido que azotaba los árboles circundantes.
Los miró con ira y desilusión, antes de levantarse de su asiento y comenzar a
recolectarlos uno por uno, y pensar la
manera más ingeniosa en la que podría unirlos todos así se gastase una tarde
entera.
No, Lee Taemin en
verdad era un estúpido.
Una vez los hubo
recogido todos, los puso delicadamente dentro del bolsillo de su chaqueta
deportiva y se dejó caer de nuevo sobre la silla. Su estómago rugió gracias al
hambre, pero lo ignoró casi olímpicamente y suspiró, mientras limpiaba el
último rastro de lágrimas de su rostro.
-Choi Minho, eres un
imbécil-soltó al aire, esperando con suerte, que esas palabras le llegasen y
le taladraran al menos la conciencia.
Cerró los ojos y empujó su cabeza hacia atrás, intentado con todas sus fuerzas
olvidar por un segundo todo el remolino de emociones en su pecho, pero
involuntariamente, su mente revivió la última sonrisa que recibió del moreno.
No se le hizo extraño el hecho de no poder derramar más lágrimas y se contentó
con sollozar dolorosamente. Ahora que lo pensaba, eso era lo único que le
quedaba de Minho porque no recordaba nada más.
No alcanzaba a
recordar la primera vez que le había visto, caminando hacia él, tan guapo, con
chamarra de cuero y con las manos metidas entre el jean entubado, dirigiéndole
una sonrisa amable y perturbadora, mientras que esos hermosos ojos oscuros y
saltones, increíblemente sensuales, parecían devorar todo lo de su alrededor.
No recordaba que miles de mariposas le habían revoloteado en el estómago, hasta
el punto de jurar que tenía un montón de parásitos y casi le habían hecho ir al
médico. No recordaba la primera vez que le había abrazado, ni como sintió sus
piernas convertirse en gelatina y una descarga eléctrica cruzar su columna
vertebral, alterándolo de tal manera que estuvo varios días soñando con
hombrecitos de jengibre que le chuzaban el trasero con sus bastoncitos de dulce
y le gritaban en su cara que estaba loco por enamorarse de ese chico, mientras
un Minho reía divertido desde un rincón
disfrazado de rana. No podía recordar como su corazón pareció rebotar
una y otra vez contra su pecho la primera vez que se atrevió a tomar sus labios
gruesos y dulces sin permiso, mientras Minho dormía en su habitación, una vez
que le había invitado a su casa, con la excusa de que le explicase un tema de
química. Ni mucho menos la primera vez que había hecho el amor o más bien,
había tenido sexo salvaje, dentro de uno de los cubículos del baño de la
universidad en un receso no programado de la aburrida clase de cálculo en
varias variables y había escuchado por primera vez, lo celestial del tono grave
de su voz mientras gemía y le llamaba por su nombre, mientras se enterraba en
él. No podía recordar nada, porque todo era un revoltijo de imágenes y momentos
que ahora le provocaban arcadas en medio de su dolor. Porque ahora estaba
seguro que Minho nunca había experimentado algo semejante a lo que había
sentido Taemin gracias a él. Y esa sonrisa no era nada más que una burla a su
ingenuidad.
Todo había sido una hermosa mentira. La más bella de ellas.
La mentira que le
había dado una razón para levantarse, comer, sonreír y no querer dormir para
alcanzar a apreciar lo suficiente los rasgos de Minho durante el tiempo que
pasaban juntos y deleitarse ante cada una de las palabras que salían de su
divina boca. Minho se había convertido en su todo inconscientemente.
Estiró una mano y se
apartó un mechón de cabellos castaños que había caído rebeldemente sobre sus
ojos y miró indiferente sus manos heladas que no paraban de temblar con la baja
temperatura de aquella noche. ¿Ahora qué?
¿Qué sería de él sin
Minho?
Claro, Taemin
decidiría levantarse de aquel banquillo con el poco de dignidad que le quedaba.
Caminaría con seguridad y sonreiría porque Minho no había sido más que otro de
esos idiotas con los que te tienes que cruzar en la vida. Regresaría a casa y
borraría cualquier rastro. Conseguiría un nuevo empleo y continuaría con su
carrera. Descubriría el amor en algún otro chico o chica y disfrutaría de
interesantes conversaciones y placenteras noches de sexo. Tendría dos pequeños
hijos y sería el mejor padre. En todo caso, sería feliz.
No. Ni una sola de estas
ideas pasó por su cabeza. Solo podía sentir que su corazón caería
irremediablemente en cualquier momento sobre el césped y rodaría hasta alcanzar
la orilla del lago y se hundiría allí y a nadie le importaría. Esa verdad le
estaba carcomiendo lentamente sin piedad como una especie de enfermedad
terminal que había aparecido de la nada y aunque intentaba hacerse creer que
podría superarlo, sabía que esto era peor que morir y que incluso eso no sería
suficiente. Estaba solo, completamente solo.
Apoyo ambos codos
sobre sus rodillas y dejó que su cabeza cayera entre sus palmas. Ahora parecía
incapaz de respirar para sollozar nuevamente y una sensación dolorosa de
ahogamiento se instaló a lo largo de su garganta, quemándole con rabia. Puto
Minho.
Cerró los ojos con
fuerza mientras intentaba tragar saliva. No funcionó pero tampoco se alarmó.
Siempre que se sentía
frustrado o simplemente triste, acostumbraba a ir a la orilla de aquel lago y
dejaba que las penas de su corazón escaparan de su cuerpo por medio de las
lágrimas. No es que fuese un llorón o alguien demasiado sensible, simplemente
prefería evitar cargar con demasiado peso en su alma y alguna vez había oído
que llorar era la forma más efectiva de liberarse. Y así lo creía. Lloraba
hasta que parecía que sus ojos rojos saldrían de sus cuencas y hasta que sus
sollozos le ahogaran. Y siempre sin falta, él lograba aparecer en el momento
preciso, con un pañuelo en su mano y una mirada cálida.
Minho siempre le
obligaba a apoyar su cabeza en el hueco de su hombro y le acariciaba el rostro suavemente
con dulzura. Aquellas veces, Minho no había pronunciado una sola palabra y se
tomaba todo el tiempo del mundo para besarlo como nunca antes, con tanto cariño
y esmero, con tanta timidez y amor, en un intento casi fallido de devolverle el
aire que le faltaba. Recordaba cada movimiento de su lengua alrededor de sus
labios salados y húmedos por las lágrimas, lento y agradable, como si al ser capaz
de desaparecer hasta el último resquicio de sal de su piel pudiera borrar todo
su dolor. Recordaba incluso el compás de su respiración, el largo de sus
pestañas cuando cerraba sus ojos, sus manos torpemente enredadas entre su
cabello y cuello y sus latidos arrítmicos. Cada beso era mágico. Tanto así, que
incluso creo con sus penas una excusa con la cual poder disfrutar de aquel
momento íntimo. Era extrañamente masoquista pero no le importó. Era suyo, solo
suyo. Y es por eso que a pesar de que terminaba aún más ahogado que antes,
sonreía. Creyó en el fondo que eso nunca cambiaría y un atisbo de esperanza le
iluminó de repente.
Minho vendría.
Y le besaría así y él
volvería a ahogarse de felicidad. Y olvidarían aquella carta, aquel corazón
vacío y aquella alma rota. No recordarían las mentiras ni ninguna de aquellas
lágrimas y mucho menos el dolor. Minho le susurraría que le necesitaba, que le
quería y que no era necesario que llorase una vez más para recibir algo de su
amor. Lo harían una vez más bajo la luna, a la sombra del árbol viejo que
reposaba cansado detrás de la banca y luego, huirían tomados de la mano en
busca de un café.
Solo debía esperarlo…
¿Verdad?
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SYLLABLES ~2MIN~.
lunes, 22 de octubre de 2012 / 21:22
Hello~ Well, this time i decided to post sooner. Why? Because the thrills i tried to describe bellow, seems to much as I'm feeling today and it's perfect(?) in many ways. I would love to write an 'End' for this, but I cannot. I think i'm not able yet. Just think on this as a crazy whim of a crazy writer. Thanks for reading. Pd. As usual, think as TaeMin as a girl or... wtv.
__________________________
SYLLABLES.
Una vez más tomó la
arrugada carta que yacía a su lado sobre la banca en la que se encontraba
sentado y la escudriñó con lástima, antes de apretarla con sus manos y romperla
de una vez por todas. Entre lágrimas alcanzó a distinguir varios de esos trazos
exquisitamente escritos por la conocida mano de Choi Minho caer sobre la hierba
a sus pies y sonrió. Se sorprendió ante lo estúpido que podía llegar a ser por
seguirle admirando a pesar de todo. Tal vez Lee Taemin era masoquista o
simplemente, un chico enamorado.
Fijó su vista sobre el
lago en frente de él, sin realmente verlo. Ya era de noche y aunque las negras
aguas estaban iluminadas tenuemente por un rayo tímido de la luz reflejada por
la luna, haciéndolas parecer oscuras, profundas y algo tenebrosas, Taemin
seguía allí inconsciente y ajeno a todo. Porque aun en su cabeza no cabía la
idea de que un trocito de papel fuese capaz de destrozar su corazón de aquella
forma y mucho menos de cómo alguien podía ser tan cobarde como para no decirle
las cosas de frente. O por teléfono. O por el chat.
Si, sonaba absurdo,
pero en lo más profundo, sabía que todo sería un poquito más soportable de
llevar si no Minho no hubiese desaparecido así no más y lo único que le
indicaba que seguía vivo era una hojita azul tamaño carta, algo arrugada y con
elefantitos parados sobre pequeños honguitos en la orilla-que estaba seguro le
había robado a algún infante que se había cruzado por su camino- y que le había
llegado luego de tres duras semanas de desesperación y le decía que todo
acababa.
¿Qué acababa? ¿Y
cuándo había empezado?
Esa carta solo era un
montón de basura.
Miró con despreció los
cientos de trocitos desperdigados por el suelo, que comenzaban a alejarse uno a
uno bajo la influencia del viento gélido que azotaba los árboles circundantes.
Los miró con ira y desilusión, antes de levantarse de su asiento y comenzar a
recolectarlos uno por uno, y pensar la
manera más ingeniosa en la que podría unirlos todos así se gastase una tarde
entera.
No, Lee Taemin en
verdad era un estúpido.
Una vez los hubo
recogido todos, los puso delicadamente dentro del bolsillo de su chaqueta
deportiva y se dejó caer de nuevo sobre la silla. Su estómago rugió gracias al
hambre, pero lo ignoró casi olímpicamente y suspiró, mientras limpiaba el
último rastro de lágrimas de su rostro.
-Choi Minho, eres un
imbécil-soltó al aire, esperando con suerte, que esas palabras le llegasen y
le taladraran al menos la conciencia.
Cerró los ojos y empujó su cabeza hacia atrás, intentado con todas sus fuerzas
olvidar por un segundo todo el remolino de emociones en su pecho, pero
involuntariamente, su mente revivió la última sonrisa que recibió del moreno.
No se le hizo extraño el hecho de no poder derramar más lágrimas y se contentó
con sollozar dolorosamente. Ahora que lo pensaba, eso era lo único que le
quedaba de Minho porque no recordaba nada más.
No alcanzaba a
recordar la primera vez que le había visto, caminando hacia él, tan guapo, con
chamarra de cuero y con las manos metidas entre el jean entubado, dirigiéndole
una sonrisa amable y perturbadora, mientras que esos hermosos ojos oscuros y
saltones, increíblemente sensuales, parecían devorar todo lo de su alrededor.
No recordaba que miles de mariposas le habían revoloteado en el estómago, hasta
el punto de jurar que tenía un montón de parásitos y casi le habían hecho ir al
médico. No recordaba la primera vez que le había abrazado, ni como sintió sus
piernas convertirse en gelatina y una descarga eléctrica cruzar su columna
vertebral, alterándolo de tal manera que estuvo varios días soñando con
hombrecitos de jengibre que le chuzaban el trasero con sus bastoncitos de dulce
y le gritaban en su cara que estaba loco por enamorarse de ese chico, mientras
un Minho reía divertido desde un rincón
disfrazado de rana. No podía recordar como su corazón pareció rebotar
una y otra vez contra su pecho la primera vez que se atrevió a tomar sus labios
gruesos y dulces sin permiso, mientras Minho dormía en su habitación, una vez
que le había invitado a su casa, con la excusa de que le explicase un tema de
química. Ni mucho menos la primera vez que había hecho el amor o más bien,
había tenido sexo salvaje, dentro de uno de los cubículos del baño de la
universidad en un receso no programado de la aburrida clase de cálculo en
varias variables y había escuchado por primera vez, lo celestial del tono grave
de su voz mientras gemía y le llamaba por su nombre, mientras se enterraba en
él. No podía recordar nada, porque todo era un revoltijo de imágenes y momentos
que ahora le provocaban arcadas en medio de su dolor. Porque ahora estaba
seguro que Minho nunca había experimentado algo semejante a lo que había
sentido Taemin gracias a él. Y esa sonrisa no era nada más que una burla a su
ingenuidad.
Todo había sido una hermosa mentira. La más bella de ellas.
La mentira que le
había dado una razón para levantarse, comer, sonreír y no querer dormir para
alcanzar a apreciar lo suficiente los rasgos de Minho durante el tiempo que
pasaban juntos y deleitarse ante cada una de las palabras que salían de su
divina boca. Minho se había convertido en su todo inconscientemente.
Estiró una mano y se
apartó un mechón de cabellos castaños que había caído rebeldemente sobre sus
ojos y miró indiferente sus manos heladas que no paraban de temblar con la baja
temperatura de aquella noche. ¿Ahora qué?
¿Qué sería de él sin
Minho?
Claro, Taemin
decidiría levantarse de aquel banquillo con el poco de dignidad que le quedaba.
Caminaría con seguridad y sonreiría porque Minho no había sido más que otro de
esos idiotas con los que te tienes que cruzar en la vida. Regresaría a casa y
borraría cualquier rastro. Conseguiría un nuevo empleo y continuaría con su
carrera. Descubriría el amor en algún otro chico o chica y disfrutaría de
interesantes conversaciones y placenteras noches de sexo. Tendría dos pequeños
hijos y sería el mejor padre. En todo caso, sería feliz.
No. Ni una sola de estas
ideas pasó por su cabeza. Solo podía sentir que su corazón caería
irremediablemente en cualquier momento sobre el césped y rodaría hasta alcanzar
la orilla del lago y se hundiría allí y a nadie le importaría. Esa verdad le
estaba carcomiendo lentamente sin piedad como una especie de enfermedad
terminal que había aparecido de la nada y aunque intentaba hacerse creer que
podría superarlo, sabía que esto era peor que morir y que incluso eso no sería
suficiente. Estaba solo, completamente solo.
Apoyo ambos codos
sobre sus rodillas y dejó que su cabeza cayera entre sus palmas. Ahora parecía
incapaz de respirar para sollozar nuevamente y una sensación dolorosa de
ahogamiento se instaló a lo largo de su garganta, quemándole con rabia. Puto
Minho.
Cerró los ojos con
fuerza mientras intentaba tragar saliva. No funcionó pero tampoco se alarmó.
Siempre que se sentía
frustrado o simplemente triste, acostumbraba a ir a la orilla de aquel lago y
dejaba que las penas de su corazón escaparan de su cuerpo por medio de las
lágrimas. No es que fuese un llorón o alguien demasiado sensible, simplemente
prefería evitar cargar con demasiado peso en su alma y alguna vez había oído
que llorar era la forma más efectiva de liberarse. Y así lo creía. Lloraba
hasta que parecía que sus ojos rojos saldrían de sus cuencas y hasta que sus
sollozos le ahogaran. Y siempre sin falta, él lograba aparecer en el momento
preciso, con un pañuelo en su mano y una mirada cálida.
Minho siempre le
obligaba a apoyar su cabeza en el hueco de su hombro y le acariciaba el rostro suavemente
con dulzura. Aquellas veces, Minho no había pronunciado una sola palabra y se
tomaba todo el tiempo del mundo para besarlo como nunca antes, con tanto cariño
y esmero, con tanta timidez y amor, en un intento casi fallido de devolverle el
aire que le faltaba. Recordaba cada movimiento de su lengua alrededor de sus
labios salados y húmedos por las lágrimas, lento y agradable, como si al ser capaz
de desaparecer hasta el último resquicio de sal de su piel pudiera borrar todo
su dolor. Recordaba incluso el compás de su respiración, el largo de sus
pestañas cuando cerraba sus ojos, sus manos torpemente enredadas entre su
cabello y cuello y sus latidos arrítmicos. Cada beso era mágico. Tanto así, que
incluso creo con sus penas una excusa con la cual poder disfrutar de aquel
momento íntimo. Era extrañamente masoquista pero no le importó. Era suyo, solo
suyo. Y es por eso que a pesar de que terminaba aún más ahogado que antes,
sonreía. Creyó en el fondo que eso nunca cambiaría y un atisbo de esperanza le
iluminó de repente.
Minho vendría.
Y le besaría así y él
volvería a ahogarse de felicidad. Y olvidarían aquella carta, aquel corazón
vacío y aquella alma rota. No recordarían las mentiras ni ninguna de aquellas
lágrimas y mucho menos el dolor. Minho le susurraría que le necesitaba, que le
quería y que no era necesario que llorase una vez más para recibir algo de su
amor. Lo harían una vez más bajo la luna, a la sombra del árbol viejo que
reposaba cansado detrás de la banca y luego, huirían tomados de la mano en
busca de un café.
Hello~ Well, this time i decided to post sooner. Why? Because the thrills i tried to describe bellow, seems to much as I'm feeling today and it's perfect(?) in many ways. I would love to write an 'End' for this, but I cannot. I think i'm not able yet. Just think on this as a crazy whim of a crazy writer. Thanks for reading. Pd. As usual, think as TaeMin as a girl or... wtv.
__________________________
SYLLABLES.
Una vez más tomó la
arrugada carta que yacía a su lado sobre la banca en la que se encontraba
sentado y la escudriñó con lástima, antes de apretarla con sus manos y romperla
de una vez por todas. Entre lágrimas alcanzó a distinguir varios de esos trazos
exquisitamente escritos por la conocida mano de Choi Minho caer sobre la hierba
a sus pies y sonrió. Se sorprendió ante lo estúpido que podía llegar a ser por
seguirle admirando a pesar de todo. Tal vez Lee Taemin era masoquista o
simplemente, un chico enamorado.
Fijó su vista sobre el
lago en frente de él, sin realmente verlo. Ya era de noche y aunque las negras
aguas estaban iluminadas tenuemente por un rayo tímido de la luz reflejada por
la luna, haciéndolas parecer oscuras, profundas y algo tenebrosas, Taemin
seguía allí inconsciente y ajeno a todo. Porque aun en su cabeza no cabía la
idea de que un trocito de papel fuese capaz de destrozar su corazón de aquella
forma y mucho menos de cómo alguien podía ser tan cobarde como para no decirle
las cosas de frente. O por teléfono. O por el chat.
Si, sonaba absurdo,
pero en lo más profundo, sabía que todo sería un poquito más soportable de
llevar si no Minho no hubiese desaparecido así no más y lo único que le
indicaba que seguía vivo era una hojita azul tamaño carta, algo arrugada y con
elefantitos parados sobre pequeños honguitos en la orilla-que estaba seguro le
había robado a algún infante que se había cruzado por su camino- y que le había
llegado luego de tres duras semanas de desesperación y le decía que todo
acababa.
¿Qué acababa? ¿Y
cuándo había empezado?
Esa carta solo era un
montón de basura.
Miró con despreció los
cientos de trocitos desperdigados por el suelo, que comenzaban a alejarse uno a
uno bajo la influencia del viento gélido que azotaba los árboles circundantes.
Los miró con ira y desilusión, antes de levantarse de su asiento y comenzar a
recolectarlos uno por uno, y pensar la
manera más ingeniosa en la que podría unirlos todos así se gastase una tarde
entera.
No, Lee Taemin en
verdad era un estúpido.
Una vez los hubo
recogido todos, los puso delicadamente dentro del bolsillo de su chaqueta
deportiva y se dejó caer de nuevo sobre la silla. Su estómago rugió gracias al
hambre, pero lo ignoró casi olímpicamente y suspiró, mientras limpiaba el
último rastro de lágrimas de su rostro.
-Choi Minho, eres un
imbécil-soltó al aire, esperando con suerte, que esas palabras le llegasen y
le taladraran al menos la conciencia.
Cerró los ojos y empujó su cabeza hacia atrás, intentado con todas sus fuerzas
olvidar por un segundo todo el remolino de emociones en su pecho, pero
involuntariamente, su mente revivió la última sonrisa que recibió del moreno.
No se le hizo extraño el hecho de no poder derramar más lágrimas y se contentó
con sollozar dolorosamente. Ahora que lo pensaba, eso era lo único que le
quedaba de Minho porque no recordaba nada más.
No alcanzaba a
recordar la primera vez que le había visto, caminando hacia él, tan guapo, con
chamarra de cuero y con las manos metidas entre el jean entubado, dirigiéndole
una sonrisa amable y perturbadora, mientras que esos hermosos ojos oscuros y
saltones, increíblemente sensuales, parecían devorar todo lo de su alrededor.
No recordaba que miles de mariposas le habían revoloteado en el estómago, hasta
el punto de jurar que tenía un montón de parásitos y casi le habían hecho ir al
médico. No recordaba la primera vez que le había abrazado, ni como sintió sus
piernas convertirse en gelatina y una descarga eléctrica cruzar su columna
vertebral, alterándolo de tal manera que estuvo varios días soñando con
hombrecitos de jengibre que le chuzaban el trasero con sus bastoncitos de dulce
y le gritaban en su cara que estaba loco por enamorarse de ese chico, mientras
un Minho reía divertido desde un rincón
disfrazado de rana. No podía recordar como su corazón pareció rebotar
una y otra vez contra su pecho la primera vez que se atrevió a tomar sus labios
gruesos y dulces sin permiso, mientras Minho dormía en su habitación, una vez
que le había invitado a su casa, con la excusa de que le explicase un tema de
química. Ni mucho menos la primera vez que había hecho el amor o más bien,
había tenido sexo salvaje, dentro de uno de los cubículos del baño de la
universidad en un receso no programado de la aburrida clase de cálculo en
varias variables y había escuchado por primera vez, lo celestial del tono grave
de su voz mientras gemía y le llamaba por su nombre, mientras se enterraba en
él. No podía recordar nada, porque todo era un revoltijo de imágenes y momentos
que ahora le provocaban arcadas en medio de su dolor. Porque ahora estaba
seguro que Minho nunca había experimentado algo semejante a lo que había
sentido Taemin gracias a él. Y esa sonrisa no era nada más que una burla a su
ingenuidad.
Todo había sido una hermosa mentira. La más bella de ellas.
La mentira que le
había dado una razón para levantarse, comer, sonreír y no querer dormir para
alcanzar a apreciar lo suficiente los rasgos de Minho durante el tiempo que
pasaban juntos y deleitarse ante cada una de las palabras que salían de su
divina boca. Minho se había convertido en su todo inconscientemente.
Estiró una mano y se
apartó un mechón de cabellos castaños que había caído rebeldemente sobre sus
ojos y miró indiferente sus manos heladas que no paraban de temblar con la baja
temperatura de aquella noche. ¿Ahora qué?
¿Qué sería de él sin
Minho?
Claro, Taemin
decidiría levantarse de aquel banquillo con el poco de dignidad que le quedaba.
Caminaría con seguridad y sonreiría porque Minho no había sido más que otro de
esos idiotas con los que te tienes que cruzar en la vida. Regresaría a casa y
borraría cualquier rastro. Conseguiría un nuevo empleo y continuaría con su
carrera. Descubriría el amor en algún otro chico o chica y disfrutaría de
interesantes conversaciones y placenteras noches de sexo. Tendría dos pequeños
hijos y sería el mejor padre. En todo caso, sería feliz.
No. Ni una sola de estas
ideas pasó por su cabeza. Solo podía sentir que su corazón caería
irremediablemente en cualquier momento sobre el césped y rodaría hasta alcanzar
la orilla del lago y se hundiría allí y a nadie le importaría. Esa verdad le
estaba carcomiendo lentamente sin piedad como una especie de enfermedad
terminal que había aparecido de la nada y aunque intentaba hacerse creer que
podría superarlo, sabía que esto era peor que morir y que incluso eso no sería
suficiente. Estaba solo, completamente solo.
Apoyo ambos codos
sobre sus rodillas y dejó que su cabeza cayera entre sus palmas. Ahora parecía
incapaz de respirar para sollozar nuevamente y una sensación dolorosa de
ahogamiento se instaló a lo largo de su garganta, quemándole con rabia. Puto
Minho.
Cerró los ojos con
fuerza mientras intentaba tragar saliva. No funcionó pero tampoco se alarmó.
Siempre que se sentía
frustrado o simplemente triste, acostumbraba a ir a la orilla de aquel lago y
dejaba que las penas de su corazón escaparan de su cuerpo por medio de las
lágrimas. No es que fuese un llorón o alguien demasiado sensible, simplemente
prefería evitar cargar con demasiado peso en su alma y alguna vez había oído
que llorar era la forma más efectiva de liberarse. Y así lo creía. Lloraba
hasta que parecía que sus ojos rojos saldrían de sus cuencas y hasta que sus
sollozos le ahogaran. Y siempre sin falta, él lograba aparecer en el momento
preciso, con un pañuelo en su mano y una mirada cálida.
Minho siempre le
obligaba a apoyar su cabeza en el hueco de su hombro y le acariciaba el rostro suavemente
con dulzura. Aquellas veces, Minho no había pronunciado una sola palabra y se
tomaba todo el tiempo del mundo para besarlo como nunca antes, con tanto cariño
y esmero, con tanta timidez y amor, en un intento casi fallido de devolverle el
aire que le faltaba. Recordaba cada movimiento de su lengua alrededor de sus
labios salados y húmedos por las lágrimas, lento y agradable, como si al ser capaz
de desaparecer hasta el último resquicio de sal de su piel pudiera borrar todo
su dolor. Recordaba incluso el compás de su respiración, el largo de sus
pestañas cuando cerraba sus ojos, sus manos torpemente enredadas entre su
cabello y cuello y sus latidos arrítmicos. Cada beso era mágico. Tanto así, que
incluso creo con sus penas una excusa con la cual poder disfrutar de aquel
momento íntimo. Era extrañamente masoquista pero no le importó. Era suyo, solo
suyo. Y es por eso que a pesar de que terminaba aún más ahogado que antes,
sonreía. Creyó en el fondo que eso nunca cambiaría y un atisbo de esperanza le
iluminó de repente.
Minho vendría.
Y le besaría así y él
volvería a ahogarse de felicidad. Y olvidarían aquella carta, aquel corazón
vacío y aquella alma rota. No recordarían las mentiras ni ninguna de aquellas
lágrimas y mucho menos el dolor. Minho le susurraría que le necesitaba, que le
quería y que no era necesario que llorase una vez más para recibir algo de su
amor. Lo harían una vez más bajo la luna, a la sombra del árbol viejo que
reposaba cansado detrás de la banca y luego, huirían tomados de la mano en
busca de un café.